El duelo y sus etapas

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1.  CHOQUE, ANESTESIA

“Esto no puede ser real”, “a mi no me está pasando” son sensaciones que surgen ante el impacto de la noticia. Actuamos como indiferentes, ausentes, congelados emocionalmente, hacemos lo que nos dicen, nos mueven para un lado y otro y estamos en otro mundo. La gente a nuestro alrededor hasta podría comentar lo fuertes que somos.

 

2. RECONOCIMIENTO DE LA PÉRDIDA

Es una etapa donde se vive el dolor de manera aguda. Luego que pasa el funeral, las visitas, la presencia de personas que nos acompañan en esos primeros días,  en los cuales debemos volver a nuestra vida “normal”, empezamos a despertar de ese estado de incredulidad ante el hecho de que nuestro hijo  se ha muerto. Este es un hecho irreversible y no podemos cambiar las cosas. Es ahí donde empezamos a vivir los momentos de mayor dolor, por ejemplo, cuando ponemos la mesa para comer y el puesto de nuestro hijo está vacío; su habitación que se encuentra con sus cosas ya no tiene dueño, la primera ida al supermercado, la salida a la calle y el encuentro con personas que conocían al hijo que murió.

 

Las fechas como cumpleaños, Navidad, celebraciones familiares que se empiezan a vivir sin él o ella, son algunos hechos que se experimentan durante este camino que nos producen un dolor desgarrador, un vacío insoportable y que a veces queremos llenar con ocupaciones, imaginando su cercanía, confundiéndolo con personas en la calle, buscando en sus hermanos, esposos, novios, una actitud, una mirada , un contacto que nos lo traiga de vuelta; al no conseguirlo, nos desilusionamos, nos frustramos y nos deprimimos. Muchos de nosotros nos enfrentamos con Dios, con lo que representa, por el hecho que no hizo nada para proteger a nuestro hijo. Nos cuestionamos su poder, su benevolencia y su magnificencia. Otros padres, por el contrario, se apegan a su fe. Durante esta etapa sentimos rabia, temor, culpa, desesperación, tristeza, ansiedad confusión, soledad, algunos nos enfermamos, nos fatigamos y sufrimos cambios en el apetito y el sueño. Cuando dolorosamente luego de haber vivido todo lo que hemos expresado anteriormente y otras cosas más, llegamos a ACEPTAR el hecho de que nuestro hijo se murió y no volverá. Empieza la recuperación.

 

3. RECUPERACIÓN

El duelo como todo proceso empieza y también termina. Cuando aceptamos que nuestro hijo murió, cuando podemos dirigirnos a los demás diciendo su nombre y mencionando hechos en pasado hablando de cómo lo recordamos, de qué hicimos con sus efectos personales, es cuando entramos a la tercera fase, la de la recuperación y empezamos a reorganizar nuestra vida. Aprendemos a vivir sin la presencia física de ellos. Comienzan a vivir con nosotros en otra dimensión, en el afecto.

 

Finalizar el duelo no significa que olvidemos a nuestros hijos, significa que hemos aceptado su muerte, que tenemos una nueva identidad, somos padres que hemos perdido hijos. Sabemos que hemos cambiado, sabemos que tenemos que enfrentar la vida y reacomodarnos nuevamente. Aunque al principio tú creas que no tienes salida a este dolor, sí existe una salida. Tú también te puedes recuperar, tienes que poner de tu parte y lo puedes lograr. Muchísimos padres con circunstancias similares a la tuya, lo han hecho. Le hemos dicho “sí a la vida a pesar de todo, dándole a ella un sentido”.

 

4. TRASCENDENCIA

Superar un duelo no implica olvidar ni renunciar al recuerdo. Significa encontrarle a quien murió un lugar en nuestro espacio emocional para seguir viviendo de manera eficaz.

La respuesta del hombre al sufrimiento yace en la trascendencia y ello implica encontrarle un sentido a la existencia de quien murió y un sentido a nuestra vida aunque ellos físicamente no estén.