Constanza Rodríguez, mamá de Juan Sebastían, nos comparte su tarea sobre la culpa

LA CULPA

Constanza Rodríguez mamá de Juan Sebastián

23 de febrero de 2026

  1. ¿Qué formas de culpa han aparecido en mi proceso de duelo y cómo se han ido manifestando en mi vida cotidiana, en mis pensamientos recurrentes, en mis emociones y en las actitudes que adopto hacia mí misma y hacia los demás?

Desde la muerte de mi hijo Sebastián, la culpa ha tomado muchas formas en mi vida. No es una sola culpa, es una red de culpas que se entrelazan y se alimentan entre sí.

Me culpo por no haber dado mayor importancia a sus dolores físicos: el dolor crónico de tobillo, el dolor intenso de espalda que comenzó días antes de su fallecimiento. Me duele profundamente haber confiado en los resultados médicos que indicaban que no había nada físico, haber aceptado la posibilidad de que fuera un tema psicológico. Me culpo por no haber buscado ayuda médica más rápido, por no haber insistido más, por no haber exigido respuestas.

Me culpo por no haber estado físicamente presente en algunas consultas médicas, aunque no me permitieran entrar por ser mayor de edad. Me culpo por haber tenido que dividir mi atención cuando mi mamá sufrió su fractura, y por momentos haber priorizado su cuidado mientras mi hijo seguía con dolor en casa. En mi mente, esa división se transforma en una traición, aunque en ese momento solo era una madre y una hija intentando responder a dos urgencias simultáneas.

Me culpo profundamente por el momento final. Por haber salido a bañarme. Por haber dejado el hospital cuando él me dijo: “mamá, nunca me dejes solo”. Esa escena vive en mí como una herida abierta. Mi mente vuelve una y otra vez a ese instante, como si pudiera reescribirlo. Me reprocho no haber estado allí cuando entró en paro, no haber sostenido su mano en ese momento. Esa ausencia se ha convertido en uno de los pensamientos más recurrentes y dolorosos.

También me culpo por lo cotidiano: por no haber sido más mimadora, más complaciente, más alcahueta. Me culpo por haber trabajado lejos, por no haber compartido más tiempo, por cada abrazo que no di, por cada beso que no repetí. La culpa ha ido extendiéndose hacia el pasado completo, como si ahora todo pudiera ser juzgado con una exigencia imposible.

En mi vida diaria, esta culpa se manifiesta como tristeza constante, como una voz interna que me acusa. Me ha llevado a vivir sin expectativas, sin proyectos, casi en modo de supervivencia. He reducido mis sueños al mínimo. Vivo el presente dejando que el tiempo pase. Intento ser una buena persona, amable y servicial, en parte como una forma de compensar, como si el sacrificio o la renuncia pudieran equilibrar algo.

La culpa también se ha convertido en una forma de castigo silencioso: no permitirme soñar, no permitirme disfrutar plenamente, no permitirme una alegría sin sentir que estoy traicionando su memoria.

  1. Al mirar las decisiones que tomé en el pasado, ¿puedo reconocer desde qué lugar actué: desde el amor, la información y las posibilidades que tenía en ese momento?

Cuando logro detenerme y mirar con más conciencia, puedo reconocer que yo actué desde el amor. Siempre desde el amor.

Actué con la información que tenía. Las radiografías no mostraban lesión. Los exámenes no arrojaban diagnósticos claros. Profesionales de la salud sugerían que podía ser algo psicológico. Yo no ignoré su dolor por indiferencia; confié en criterios médicos, confié en especialistas, confié en que estábamos haciendo lo correcto.

Cuando le di analgésicos, lo hice buscando aliviar su sufrimiento, no minimizarlo. Cuando pensé que podía ser un tema emocional, lo hice porque médicos lo plantearon, no porque yo quisiera negar su dolor. Cuando atendí a mi mamá fracturada, lo hice porque en ese momento también era una urgencia real y concreta.

Incluso cuando salí del hospital para bañarme y hacer una gestión, lo hice creyendo que regresaría en poco tiempo, creyendo que él estaba estable, creyendo que no era una despedida. Jamás, jamás imaginé ese desenlace. Si hubiera sospechado mínimamente el riesgo inminente, no me habría movido de su lado.

No actué desde la negligencia. No actué desde la frialdad. No actué desde el desamor. Actué desde la ignorancia inevitable, desde la confianza razonable en el equipo médico, desde la desesperación de no tener respuestas claras. Actué como una madre que intentaba sostener lo que humanamente podía sostener.

  1. ¿Hay alguna culpa que, al revisarla con mayor conciencia, descubra que no nace de una mala intención, sino de una expectativa irreal de haber podido prever, controlar o evitar lo ocurrido?

Sí. Cuando profundizo, descubro que gran parte de mi culpa nace de una expectativa irreal: la idea de que yo debía haber previsto lo que nadie previó.

Me exijo haber tenido una claridad que ni los médicos tuvieron. Me exijo haber anticipado un desenlace que nadie anunció. Me exijo haber sabido que ese dolor escondía algo fatal cuando todos los exámenes resultaban normales.

Me culpo por no haber estado en el instante exacto de su paro, como si mi presencia física hubiera podido impedirlo. Pero en el fondo, eso también es una forma de creer que yo tenía el poder de controlar lo incontrolable.

También descubro que me culpo por no haber sido una madre perfecta, omnipresente, absolutamente disponible siempre. Pero esa madre no existe. Existe la madre real: amorosa, trabajadora, responsable, imperfecta, humana.

Al revisar mi culpa con más conciencia, veo que no nace de mala intención. No hay en mi historia una decisión tomada desde el daño deliberado. Lo que hay es amor atravesado por límites humanos.

Tal vez mi culpa no es prueba de que fallé como madre, sino de cuánto amé y cuánto me duele no haber podido salvarlo.

  1. Si transformara esa culpa en un compromiso positivo, ¿qué gesto concreto de amor, servicio o memoria podría realizar hoy para honrar a mi hijo?

Esta es la parte más difícil para mí. Porque siento que sigo sobreviviendo, que apenas respiro. Sin embargo, si intento responder desde lo más profundo, creo que transformar la culpa en compromiso no significa hacer algo grandioso, sino algo verdadero.

Podría honrarlo abrazando más a quienes amo hoy, diciendo más veces “te quiero”, estando más presente emocionalmente, no desde la culpa sino desde la conciencia de la fragilidad de la vida.

Podría comprometerme a no reducir mi existencia a esperar la muerte para reencontrarlo, sino intentar que mi vida tenga sentido aquí, porque él fue parte de mí y su amor sigue vivo en mí.

Hoy quiero empezar, aunque sea muy lentamente, a transformar esa culpa en algo diferente. No en olvido. No en indiferencia. Sino en compromiso.

Compromiso de amar más conscientemente. Compromiso de estar más presente con quienes aún caminan conmigo. Compromiso de no seguir tratándome como una madre que falló, sino como una madre que amó hasta el límite de sus fuerzas. No sé todavía cómo volver a soñar. No sé cómo construir grandes proyectos. Pero puedo empezar por algo pequeño: permitirme vivir con un poco menos de castigo y un poco más de compasión hacia mí misma.

Sebastián no fue amado a medias. Fue profundamente amado. Y ese amor no terminó el día que su corazón dejó de latir. Vive en mí. Vive en lo que hago. Vive en la forma en que trato a los demás.

Si alguna culpa permanece en mi corazón, que no sea una prisión.
Que sea una semilla.  Una semilla que, con el tiempo, pueda convertirse en actos de amor que honren su memoria y dignifiquen mi vida

Porque aunque una parte de mí murió con él, otra parte sigue aquí.
Y tal vez mi tarea ahora no es castigarme, sino aprender a vivir llevando su amor como luz y no como condena.