La culpa es tema trabajado en las reuniones de Lazos. Mariana y Fernando, padres de Sebastián. envían su tarea.

Reunión febrero 2026

Tema: La culpa

Elisabeth Lukas nos recuerda que a nadie le resulta fácil acercarse al tema de la culpa, porque implica reconocer faltas, límites y omisiones. Sin embargo, en el duelo, este encuentro es inevitable.

La Logoterapia nos invita a distinguir entre el dolor que sentimos y la auténtica culpa, que solo existe cuando hubo libertad de elección y conocimiento claro de las consecuencias.  Muchas de las culpas que cargamos tras la muerte de un hijo o de una hija nacen de mirar el pasado con los ojos del presente, juzgándonos por decisiones tomadas desde el amor y la buena fe.

Cuando logramos comprender esta diferencia, la culpa deja de ser una condena y puede transformarse en compromiso, en una fuerza que nos impulsa a honrar la memoria de nuestros hijos a través de actos de amor, sentido y servicio.

Si alguna culpa permanece en nuestro corazón, que no se convierta en una prisión, sino en un compromiso. Que el amor por nuestros hijos encuentre hoy una forma nueva de expresarse: en un gesto, en un servicio, en una decisión que dé sentido a su memoria y a nuestra propia vida.

Preguntas para trabajar en el grupo

  1. ¿Qué formas de culpa han aparecido en mi proceso de duelo y cómo se han ido manifestando en mi vida cotidiana, en mis pensamientos recurrentes, en mis emociones y en las actitudes que adopto hacia mí mismo(a) y hacia los demás?
  2. Al mirar las decisiones que tomé en el pasado, ¿puedo reconocer desde qué lugar actué: desde el amor, la información y las posibilidades que tenía en ese momento?
  3. ¿Hay alguna culpa que, al revisarla con mayor conciencia, descubra que no nace de una mala intención, sino de una expectativa irreal de haber podido prever, controlar o evitar lo ocurrido?
  4. Si transformara esa culpa en un compromiso positivo, ¿qué gesto concreto de amor, servicio o memoria podría realizar hoy para honrar a mi hijo(a)?

 

 

Respuesta a las preguntas propuestas:

Somos Mariana y Fernando, los papás de Simón y Sebastian. Sebastián falleció en un accidente mientras realizaba trabajo de campo en Uganda (Africa) en abril del 2022. Él era un biólogo que estudiaba el comportamiento de chimpancés.

Las circunstancias del accidente que costó su vida estuvieron totalmente fuera de nuestro control. Objetivamente, con la información que nosotros teníamos sobre los riesgos a los que Sebastian estaba expuesto en la selva, no podríamos haber anticipado o actuado diferente para evitar lo que pasó.  Accidentes por ataque de animales salvajes a humanos en el contexto de trabajo de campo de investigación son de baja probabilidad. Los científicos son entrenados para conocer y manejar los riesgos en ese contexto. Lamentablemente, la combinación de varios factores llevó a que ocurriera lo impensable para nosotros: perder a nuestro hijo por el ataque de un elefante.   

Entender lo sucedido con serenidad y objetividad nos tomó tiempo. En el inicio del duelo fue inevitable preguntarnos si hubiéramos podido hacer algo para evitar esta tragedia. Este pensamiento fue repetitivo y afectó con mayor intensidad y durante más tiempo a Mariana. Como es usual en el duelo, nuestro cerebro entró en conflicto entre la razón fáctica y nuestras necesidades emocionales. Por un lado, entendíamos lo que nos informaron de los hechos y la sucesión de factores que confluyeron. Pero por otro lado, nuestros pensamientos divagaban una y otra vez en los “hubiera”, si le hubiera dicho a Sebastián…, si le hubiera insistido que regresara inmediatamente…., si hubiera hablado con él acerca de los riesgos en la selva…., etc. Pareciera como si la respuesta a alguna de estos “hubiera” nos ayudara a tramitar el autocuestionamiento existencial que impone la partida de un hijo o una hija. Aprendimos, gracias a Lazos, que esta forma de pensamiento repetitivo era una trampa que lejos de aliviar el dolor o ayudar en duelo, contribuía a generar culpas sobre supuestos irreales y mantenernos en un ciclo adverso de preguntas sin respuestas.     

Nos ha ayudado también, contextualizar lo sucedido en lo que era la vida de Sebastián. El amaba los animales, era apasionado por su trabajo científico. La selva fue su ambiente cotidiano desde muy temprano cuando era estudiante de bilogía. Él fue feliz trabajando con y para los chimpancés. Nosotros nos sentimos muy orgullosos de que estos sentimientos hacia la naturaleza y los animales fueran parte de la esencia de nuestro hijo. Por eso siempre lo animamos y apoyamos para que construyera su futuro alrededor de lo que lo apasionaba. Como en cualquier otro campo, su actividad profesional tenía riesgos. Trágicamente algunos de estos se materializaron.

Entonces, nos preguntamos si en este contexto nosotros hicimos lo suficiente por su bienestar y seguridad. Nos trajo mucho sosiego concluir que hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance. No ahorramos esfuerzo para que en medio de su particular ambiente tuviera las mejores condiciones posibles.

En resumen, superamos pensamientos hacia la culpa. Aprendimos que, a pesar de nuestro sentido protector de padres, no tenemos control sobre la causalidad de eventos a lo largo de la vida de nuestros hijos ni tampoco sobre sus propias decisiones. Nuestros hijos, como nosotros, son seres únicos que definen su propia imagen y posición frente al mundo que habitan, a la vida misma (a través de relaciones de afecto y apego), y frente al futuro (a través de sus decisiones y acciones).

 

Seguimos amando infinitamente a nuestro hijo y extrañando todos los días su presencia. Pequeños logros en el duelo ayudan a reforzar la noción de esperanza hacia la recuperación.

 

Esta ha sido nuestra experiencia y nos alegra compartirla en esta reunión.

 

Como siempre, un abrazo fraterno para cada uno de ustedes.

 

 

Mariana y Fernando