Mariana y Fernando, padres de Sebastían, nos envían la tarea sobre el tema del perdón.

Lunes 15 de junio. Reunión grupo virtual

Tema: El perdón.

En el proceso de duelo por la muerte de un hijo o una hija, el perdón suele ser uno de los temas más difíciles de abordar. Puede aparecer la culpa hacia uno mismo, el enojo hacia quien consideramos responsable e incluso sentimientos encontrados hacia nuestro propio hijo por decisiones, palabras o circunstancias que quedaron inconclusas.

Hablar de perdón no significa justificar lo ocurrido, minimizar el dolor ni apresurar la sanación. El perdón no es olvido ni resignación. Es, más bien, un acto interior y voluntario que busca liberarnos del peso emocional que nos mantiene atados al resentimiento, la culpa o la rabia.

Perdonar puede significar aceptar que somos humanos, que actuamos con los recursos que teníamos en ese momento y que no tenemos control sobre todo lo que ocurre. También puede significar reconocer que aferrarnos al rencor o a la culpa prolonga nuestro sufrimiento.

El perdón no es una meta obligatoria ni un paso que deba darse de inmediato. Es un proceso que suele construirse poco a poco. Muchas veces comienza con una decisión sencilla pero profunda: asumir cada día una actitud de apertura hacia el perdón, aunque todavía existan heridas, preguntas o emociones difíciles. Esa actitud puede expresarse en pequeños gestos, pensamientos o acciones que nos ayudan a tratarnos con mayor compasión y comprensión.

Aunque el perdón no elimina la ausencia ni el dolor por la pérdida, puede abrir un espacio de paz interior que nos permita seguir viviendo con mayor serenidad, libertad y amor.

Preguntas para trabajar y compartir en la reunión de grupo

  1. Cuando pienso en el perdón dentro de mi duelo, ¿qué emociones aparecen en mí: resistencia, miedo, enojo, alivio o confusión? ¿Por qué creo que surgen?
  2. ¿Hay algo por lo que me culpo a mí mismo(a) en relación con la muerte de mi hijo(a)? Si pudiera hablarme con compasión, ¿qué me diría hoy?
  3. ¿Qué siento cuando pienso en la posibilidad de perdonar a quien considero responsable (incluyéndome)? ¿Qué temo que signifique ese perdón?
  4. Si he decidido asumir una actitud de perdón en mi vida, ¿qué acciones concretas he realizado o estoy intentando realizar para cultivarla? ¿Qué cambios o alivios he notado, aunque sean pequeños?

Respuestas a las preguntas propuestas.

Somos Mariana Amaya y Fernando Ramirez, padres de Simón y Sebastián. Sebastián murió hace cuatro años en un accidente mientras hacía trabajo de campo como biólogo en Uganda. Tenía 30 años.

En nuestro caso ni la culpa ni el perdón han sido aspectos complejos dentro de nuestro duelo. Como compartimos hace algunos meses en la reunión sobre la culpa, por el contexto y las circunstancias del accidente en la selva hemos entendido que lo sucedido estuvo totalmente fuera de nuestro alcance para evitarlo. Accidentes por ataque de animales salvajes a humanos en el contexto de trabajo de campo de investigación son de muy baja probabilidad. Los científicos son entrenados para conocer y manejar los riesgos en ese contexto. Lamentablemente, la combinación de varios factores llevó a que ocurriera lo impensable para nosotros: perder a nuestro hijo por el ataque de un elefante. No obstante, nos tomó tiempo entender lo sucedido con la serenidad y objetividad que hoy tenemos.

El inicio del duelo fue extremadamente difícil, intenso, doloroso y caótico. En esos primeros momentos hay una necesidad existencial de entender que pasó, por qué y de quién fue la responsabilidad. Pero paradójicamente, es a la vez en esos momentos cuando nuestra capacidad de asimilar y procesar objetivamente información es muy limitada debido al impacto emocional y el dolor por la pérdida. Surgieron entonces sentimientos muy fuertes de rabia, frustración e impotencia. Parecía que necesitábamos encontrar “culpables” de lo que nos había sucedido. Tuvimos rabia con Dios por no proteger a nuestro hijo. Nos sentimos frustrados con nosotros mismos por no haber sido capaces de anticipar ese riesgo. Mariana sintió rabia mucho tiempo con el director del programa de investigación de Sebastián. Incluso tuvimos rabia con Sebastián por no haberse protegido lo suficiente. Sentimos rabia con la vida. Esta carga de sentimientos se sumó al dolor y la tristeza lo que hizo del duelo un proceso muy complejo.

Reflexionando sobre el perdón hoy, cuatro años después del accidente, creemos que fue muy importante para nosotros procesar esos sentimientos de rabia y culpas. Es decir, aceptar y reconocer lo que sentíamos y a partir de allí, tratar de entender los hechos con objetividad y encontrar respuestas que aporten a nuestra estabilidad emocional. En este esfuerzo la ayuda de una sicóloga los dos primeros años fue fundamental. Aprendimos que la comunicación es una ‘varita mágica’ en el duelo. Hablar de esos sentimientos no fue solo un alivio, sino también nos permitió reinterpretar lo sucedido con mayor serenidad. Nos ayudó también conocer el resultado de una juiciosa evaluación de los hechos conducida en nuestro nombre que concluyó que no hubo negligencia ni responsabilidad por parte de quienes dirigían el centro de investigación al cual Sebastian pertenecía.

Así, entendimos que la causa del accidente fue una combinación de factores muchos de ellos aleatorios y otros que hubieran podido ser mejor manejados por parte de Sebastian. Más importante aún, entendimos que tratar de reconstruir los hechos y quedarnos en las causas no ayudaba a nuestra recuperación. Tomar distancia de ello nos ha permitido avanzar en el duelo.  Los sentimientos de rabia y culpa fueron desapareciendo. Cambió nuestra posición frente a la religión, y ya no buscamos respuestas allí. Estamos convencidos que como padres amamos infinitamente y protegimos a Sebastian hasta donde nos fue posible. Entendimos que no tenemos control sobre la causalidad de eventos a lo largo de la vida de nuestros hijos ni tampoco sobre sus decisiones. Entendimos que no había ninguna razón para albergar sentimientos de rabia con el director u otros colegas de Sebastian. Entendimos que Sebastian pudo haber evaluado mejor la situación de riesgo a la que estaba expuesto, pero ello no desdibuja nuestro amor profundo hacia él y lo que representa para nuestras vidas.  Finalmente, entendimos que “la rabia con la vida” es una forma de expresar frustración porque la realidad nos enfrenta a la pérdida y al dolor. Tenemos la libertad de definir la actitud frente a esa realidad.  

 

Mariana Y Fernando